Orinoco

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07 dic Orinoco

Hace años se inventaron un paseo llamado “Héroes del Orinoco”, apoyado por el gobierno nacional que tenia la determinación de probar que era seguro viajar por lo largo y ancho de Colombia. El paseo resulto tan bueno, que hoy, casi 10 años después, se sigue haciendo. Aun cuando ya nadie intenta probar que el país es seguro y no parece haber apoyo del gobierno.

Como nosotros, muchos preparan sus carros, arman un equipo y emprenden el viaje con la intención de llegar a Puerto Carreño. Una diminuta ciudad en el extremo oriental de la geografía colombiana. Todos estamos dispuestos a invertir nuestro tiempo y dinero a cambio de llegar a ese simbólico letrero de entrada para tomarnos una foto. “Bienvenidos a puerto Carreño” dice el aviso que es la meta y la foto es el trofeo. Muchos la han intentado y una gran mayoría, no lo han logrado.

Aquí se aplica eso de que lo importante no es llegar, sino el camino. El letrero y la foto, aun cuando son la parte más emblemática del paseo no son ni la punta del iceberg, pues para llegar a tomarse la foto, habrá que pasar horas en el taller, meses ahorrando del sueldo y cerca de una semana de viaje desde Bogotá por una de las rutas más complicadas que ofrece nuestra geografía.

Muchos buenos amigos me invitaron a ir en sus carros, pues consideraba yo que mi musculo financiero no se encontraba en capacidad de emprender tan ambicioso viaje en mi propio carro. De forma que acepte la invitación de uno de ellos y el desafío de preparar el carro para ir al paseo. Pensaba yo que ir en un carro armado por mi garantizaría el exito. El carro llego a mi taller unos 15-20 días antes de emprender el viaje y tenía mucho trabajo pendiente. Era una excelente plataforma pero requeriría muchas horas de día y noche, machucones y madrazos en el taller. El trabajo sería extenuante, y no estaría terminado sino hasta horas antes de salir, pues cada pieza que revisabamos tenía un inconveniente y la lista  parecía no terminar. De hecho, el sistema de gas natural vehicular no funcionaria sino hasta que pasáramos por un experto en el tema, quien haría un puente con un clip para que un controlador electrónico le permitera al sistema funcionar. Esto, cuando ya íbamos saliendo de Bogotá camino al llano.  (Lea aquí más sobre el gas)

Finalmente empacamos todo en mi casa en chía y con el atardecer de la sabana de Bogotá en nuestro retrovisor, arrancamos, con la idea de alcanzar a uno de nuestros amigos en el Sisga y que los que venían atrás nos alcanzaran. Tan pronto salimos de chía, sentimos algo raro en los frenos. Falla que se haría cada vez más evidente e importante. Ya en Machetá, declaramos que no teníamos frenos y que no podíamos continuar. Parqueados en una estación de servicio, con algo de frustración y sorpresa (pues al carro se le había hecho una intervención de frenos reciente, antes de que llegara a nuestras manos), comenzábamos a evaluar alternativas.

El mecánico local no trabajaba frenos. Esa fue la primera noticia a la que nos enfrentamos en ese pequeño y frio pueblo en la mitad de las montañas. Lo único bueno que veíamos en ese momento era que la estación de servicio en la que estábamos, tenía hotel. Asi de grave estábamos viendo la cosa. Pronto, comenzaron a llegar nuestros amigos Toyoteros de Fierros DC, entre los que se encontraba Edwin Garcia, un excelente y muy veloz mecánico que se lanzó debajo del carro a revisar el sistema completo. Luego de un rato de “bombee, bombee, suelte…” Edwin declararía muerta la bomba de freno. Tenía un fallo que no podía ser arreglado.

El cambio de la pieza era inminente y en el pueblo en el que estábamos, no la tenían. Básicamente, estábamos desahuciados, hice algunas llamadas a Bogotá, pues un amigo podía tener la pieza en Cajica y otro estaba dispuesto a llevárnosla hasta donde estábamos varados. Entonces, un Toyota más se detuvo. El que había salido de último de Bogotá por ir a recoger a un amigo a Mosquera, había llegado. Entraba en escena “wiwi”, a quienes todos conocen por sus habilidades para resolver los problemas mecánicos que no tienen solución. Como si fuera su propio carro, wiwi se metió dentro del capó y junto con Edwin, decidieron desmontar la bomba. Era un hecho, la bomba no tenía arreglo. Y aun cuando nosotros pensábamos que estábamos perdidos, nuestros amigos estaban determinados a no dejarnos allí y a reparar el carro para poder seguir.

Wiwi desconecto la bomba de freno y clutch. Configuró la bomba de clutch para que aplicara los frenos delanteros cuando se pisara el pedal y mientras un grupo de avanzada buscaba la bomba a la una de la mañana en el siguiente pueblo, nosotros partimos nuevamente. Resulto muy extraño usar el pedal del clutch para frenar, pero fue absolutamente efectivo. Arrancar y parar se volvieron maniobras complicadas, asi que un carro de la caravana iba adelante y otro atrás escoltándonos mientras bajábamos en un cambio corto y a unos 15 kilómetros por hora. Llegamos al siguiente pueblo y la suerte nos sonreía. Además, unos 8 carros llenos de amigos y camaradería nos esperaban y acompañaban.

Resultó que Mario, el dueño del carro, que iba en la avanzada logro sacar de sus cobijas al dueño de la tienda de repuestos y logró comprar la bomba que necesitábamos. Edwin, con toda la energía y disposición, instaló la bomba, purgo los frenos y era hora de seguir. Una pequeña prueba de frenos y el milagro estaba hecho. Los frenos literalmente se sentían como nuevos y volvimos a la carretera. Estábamos muy atrasados por el inconveniente pero con toda la voluntad de seguir. Decidimos, que debíamos llegar a Yopal, que estaba a muchos kilómetros de nosotros, pero nos sentíamos optimistas y respaldados. Toda esta gente, se había quedado a nuestro lado sin tener la más mínima obligación de hacerlo y nos había sacado del problema con una dedicación y una pasión que es imposible de explicar con palabras. No queda más que decir, GARCIAS!!

Arrancamos y de ahí en adelante el paisaje fue un espectáculo, incluso durante una noche de lluvia. Atravesamos los túneles de piedra, que son como 17, el embalse y un paisaje que es tan bello, que incluso durante la madrugada descrestaba. Este paisaje se podía apreciar gracias a las luces led que llevaban casi todos los vehículos instaladas. La iluminación que aportan y la comodidad para conducir no tienen comparación. Al amanecer, don Gonzalo paro y compro tinto para todos y luego de estirar las piernas y cambiar de piloto, seguimos. Sobre las 9am estaríamos llegando a Yopal, yo ya estaba demasiado cansado para seguir manejando, asi que decidí intentar dormir en la silla trasera. Creo que dormí unos 15 minutos, pero sentí como si hubiera descansado un par de horas.

Llegamos a una estación de servicio en Yopal, en donde hicimos los últimos ajustes, instalamos el angeo, repasamos la sellada de partes eléctricas y tanqueamos. Wiwi, se dedicaría a cuadrar la ruta que íbamos a seguir en el GPS y cuando finalmente estuvimos listos,  ya habían pasado las 12 del día. Llenos de entusiasmo, salimos de la bomba.

“Ultimando detalles antes de partir”

Inmediatamente después de que salimos de la bomba, el carro tenía un ruido de válvulas excesivo, lo que comenzó a preocupar a Mario y en una parada, determinamos que había un inconveniente serio con el carro. Yo estaba tan desconectado de la realidad por falta de sueño que no dimensionaba la importancia del daño. Paramos donde un mecánico que quitó la tapa de válvulas y evidencio que teníamos un  inconveniente que dejaba nuestro vehículo fuera de combate. La tensión fue alta, la frustración toco el cielo. Mario y yo chocamos en medio del desespero de ver como se desvanecía tanto tiempo, dinero y esfuerzo que habíamos puesto en el carro. El grupo se había dividido, estábamos junto con varios Toyota Fj40 y sus dueños actuaron como mediadores. Una vez más, le buscarían solución al problema como si fuera su propio problema. Decidimos abandonar el machito gris, que regresaría en grúa a Yopal y posteriormente a mi taller en Chía. Nosotros, nos dividiríamos en varios de los carros que se habían detenido a auxiliarnos ante el fallo.

La gasolina, herramienta, comida y demás cosas de nuestro carro se repartirían en los otros. Yo estaba exhausto. Fui adoptado por los hermanos Roberto y Gerardo Cadena. Quienes en su fj40 habían planeado el viaje para dos y no llevaban espacio en la parte trasera del carro para acomodar a nadie. La voluntad fue tal, que ellos decidieron abrirme un espacio, reconfigurar su carro para hacerme un puesto a mí y mis chécheres. Entre los cuales, estaba toda la herramienta de recuperación que llevaba, el mecato, un impermeable. Yo pensaba que había empacado todo lo que necesitaba, pero luego notaria que me faltaban medio millón de cosas importantes que luego extrañaría. El serie 40 tiene un poco más de espacio en la parte de atrás que el serie 70 en el que venía, pero el serie 70 tenía la ventaja de estar dotado con una bellisima parrilla que Yair Rodríguez, de Metal Formas y Accesorios 4×4 nos daría como patrocinio a nuestra expedición.

Un punto a tener en cuenta desde entonces, pues el peso que soportan estas parrillas es muy serio y el estrés al que se someten rompe las que no estén bien hechas. Muchos de los vehículos que nos acompañaban tenían parrillas de Metal Formas y Accesorios 4×4 que superarían la prueba sin ningún inconveniente. Otras parrillas artesanales, serían vistas en talleres de soldadura recibiendo refuerzos a mitad de camino por que el castigo que les da la trocha es brutal.

Cuando me subí a este carro a las afueras de Yopal, le propuse a Roberto instalarle mis llantas Procomp Xtreme Mt2 a su carro, pues creía yo que iban a ser un factor determinante cuando llegáramos a la trocha. Roberto me dijo que no hacía falta y recordé una vieja conversación que tuve con él en la cual me contó que no le gustaban las llantas de labrado de taco, lo cual me hacía pensar que cuando llegáramos a la trocha, podríamos estar limitados por la falta de tracción.  No lo voy a negar, sentí que íbamos con un cuchillo a una pelea de pistolas. Aun asi, tenía presente que Roberto era un excelente piloto.

Arrancamos atrás, a un ritmo sostenido, con un sol inclemente que me hacia esconder detrás de los parales traseros de la cabina del fj40. Ahí comencé a darme cuenta de las cosas que había dejado en el otro carro. La primera era el bloqueador solar. Seguimos hasta que nos encontramos varios carros amigos parqueados al borde de la carretera. Uno tenía un problema de temperatura que según dijeron ya estaba resuelto y en un par de minutos iban a arrancar. Motivo por el cual, decidimos irnos al frente, pues las burbujas y machitos andan mucho más rápido que los fj40 y sabíamos que venía una destapada larga y llena de piedras que si es tomada a gran velocidad, acabaría con nuestro carro, cortesía de la suspensión de ballestas.

El primer indicio de fauna salvaje que vería, sería un mico. Lastimosamente estaba atropellado y muerto sobre la carretera. Sería el primero de tres que vería durante todo el viaje.

Cansado pero con el ánimo subiendo, me recostaría y dormiría lo que según mis cuentas serian unas dos horas. Luego, verificaría con Roberto y no habrían sido más de 15 minutos, aun asi, ya me sentía de maravilla. Paramos en una pequeña cabaña al lado de la carretera en la mitad de la nada y tomamos un tinto. Íbamos camino a Orocue.

“Gran parte de la carretera tiene algo conocido como “terraplén”, que básicamente es una pequeña elevación de tierra, hecha con lo que yo creo que es arena del fondo de algún pobre rio olvidado, que permite que los vehículos circulen sobre la sabana.”

A estas alturas, aun veíamos cercas, fincas y vacas por todos lados. Yo ya sentía que estaba lejos de la civilización, pero Roberto y Gerardo, que son bogotanos pero conocen bien el llano, me hacían sentir que aun estábamos muy cerca de la civilización. Y lo estábamos. La inmensidad del llano me recordó un viaje por la Argentina, en donde las carreteras no se acababan, con la diferencia de que allá iba a unos tediosos 120 kilómetros por hora y aquí no había superado los 20 por el mal estado de la ruta. En kilometros nuestro avance era muy pequeño. Roberto se pasó para atrás y me puso en la silla del piloto. Una sonrisa me acompaño todo el camino, pues me sentía como en casa detrás del volante de un fj40, que además está en un estado mecánico impecable y al cual yo le había trabajado recientemente.

En el enorme horizonte, veía una gran nube hacia la cual estaba conduciendo. Lentamente el atardecer caía y yo manejaba hacia la tormenta. Coincidió el atardecer con la entrada al agua. La carretera tardo varios minutos en humedecerse, pero cuando lo hizo se puso muy resbalosa, muy divertida. Nosotros íbamos lento y confiábamos que nuestros amigos que venían detrás pronto se vieran en el retrovisor, pero esto no sucedería. El agua termino de empapar la carretera y la intensidad de la lluvia era tal que tuvimos que apagar todas las luces exploradoras y seguir a un ritmo muy lento, pues no veíamos mas allá de donde las luces bajas del carro iluminaban. La oscuridad era absoluta y la charla fue buena. En ese par de horas resolvimos todos los problemas de este país. Varias horas después, llegamos a Orocue. El pueblo en donde nació mi abuelo hace más de 75 años.

Hago un breve paréntesis aquí para contarles que una de las cosas que deje fue mi GPS Garmin 60CSX y comenzaba a extrañarlo. Además, mientras todo el mundo aun tenía señal, yo que soy usuario de Tigo, había perdido el contacto desde que salí de Yopal. Aun asi, con sorprendente precisión, estaba usando la aplicación Maps.Me, que con mapas deOpenStreetMap me daba mi ubicación en todo momento. El pantallazo que aqui ven es totalmente desconectado de la red, sobre un mapa guardado en el celular. Lo unico malo es que contaba con poca batería púes también había dejado el cargador del celular en el otro carro.

Finalmente en Orocue, rellenaríamos el tanque de gasolina e iríamos a buscar un hotel y restaurante. Yo esperaba un hotel de pueblo, como los que conocí en el Guavio cuando estuve viajando en esta región, en donde una cama es todo lo que obtienes. Pero me sorprendí totalmente cuando entre a un hotel espectacular, con lobby y todas las de la ley. Y a un precio muy aceptable, con una deliciosa cama, un tv muy reciente y tinto gratis en la recepción. Además de un cargador de iPhone 4 que me permitiría comunicarme con mi casa y mis amigos que estaban pendientes del avance del viaje. En la noche me asomaría por la ventana y vería todos los carros de mis amigos que venian detras, lo que me permitiría dormir en paz, pues llevaba toda la tarde/noche llamando por radio y no me respondían.

Orocué parece ser un pueblo que se vio beneficiado por la bonanza petrolera que recién ha terminado, lo que dio para que se desarrollara mucho el comercio y la hotelería. En la mañana luego de inflar una llanta que amaneció sin aire en el fj40, fuimos a desayunar y nos dirigimos hacia el puerto a tomar el ferri que nos pasaría al otro lado del rio meta. Todo parecía indicar que era la última vez que veríamos asfalto. Se venía un tramo de 160km por entre la sabana. Ya se veía también el pueblo lleno de vehículos con pinta de estar en el mismo plan que nosotros. Carros con buenas luces, parrillas de techo, bidones y llantotas. El rugir de los motores de 6 cilindros amenizaba el amanecer llanero en Orocue.

Llegaríamos al puerto, en donde había un ferri con capacidad para 6 carros y un grupo de amigos jeeperos. Cada vez llegaban más cuatrimotos y camionetas al lugar. Nuestro amigo Sergio Lozano, llego en su Fzj73 al lugar y coincidió la llegada de un pequeño ferri en el que cabríamos junto con un buggy y un Land Rover Defender que viajaba solo. Allí fue la primera enterrada, presagio de lo que se venía. El ferri estaba ligeramente atascado contra el borde del rio. En tono jocoso, la gente pedía un winche, un hilift…

Pasaríamos el rio, desembarcaríamos y nos comunicaríamos con nuestros amigos que aun no pasaban el rio Meta. Al parecer el muelle estaba lleno y habían más de 25 carros en la fila, asi que decidimos arrancar adelante, dándole suave con la idea de que nos alcanzaran pues cada viaje del ferry podia tomar hora y media. El tramo de 160 km no parecía tan intimidante antes de que lo enfrentáramos. Decidiríamos que el fj40 en el que yo viajaba marcaria el ritmo y Sergio lo seguiría en el 73. (Sergio es reconocido por ser muy rápido, por eso la idea era limitar su avance con nuestro lento ritmo). Aun sobre una marcada carretera, nos encontramos el buggy que había pasado el ferri viniendo en sentido contrario. Él  tenía la ruta en un extraño y moderno GPS, muy difícil de entender y usar. El aparato marcaba una clara desviación hacia la izquierda, que todos tomaríamos. Roberto vería claramente que nos acercábamos a lo que todos conocen como un “bajo”. Una depresión en la planicie en la que se acumula el agua. Aquí ya me sentía de safari, yo estaba entusiasmado, pero a Roberto, que iba manejando, le preocupaba la falta de huellas, asi que decidió regresarse a buscar la carretera principal o una huella más grande. El señor del buggy siguió hacia el bajo y rápidamente lo perdimos de vista. De hecho, nunca más durante el paseo lo vimos.

La carretera se desvanecería y comenzaríamos a dudar, pues varios caminos conducían a las casas de las haciendas. Entonces, del carro de Sergio me pasaron un GPS. Un Garmin nuvi, que no sirve para navegación offroad, pero gracias a que alguien en Garmin actualizo el mapa y puso la ruta que estábamos haciendo en el, nos fue bastante útil. Estábamos siguiendo la ruta I40 hacia la primavera, nuestro próximo destino. La carretera iba y venía. Varios tramos estaban “encamellonados”, es decir, con una cerca a cada lado. Los dueños de las fincas, que permiten que se use su terreno como servidumbre, han puesto cercas y arboles delimitando, de forma tal que los vehículos solo pasen por un espacio limitado. Un espacio con unos 100 metros de ancho, totalmente lleno de huellas de camiones y tractores que se han enterrado. Avanzaríamos hasta un caserío en la mitad de la nada en donde nos encontraríamos con nuestros amigos Jeeperos, quienes habían parado a almorzar. Sergio aprovecharía la parada para repasar el sellado del distribuidor, pues el agua había logrado filtrarse en su distribuidor y el carro había fallado un poco. Roberto y Gerardo prepararían sanduches mientras yo iría en búsqueda de algo frio para tomar.

Es increíble cómo funciona la cultura de la cerveza en nuestro país. Entre a una tienda en donde había bastante alboroto cortesía de una campaña política. Allí, solo tenían cerveza fría. De varias marcas y tamaños. Pero no había gaseosa o agua frías. El sol sobre nuestras cabezas me llevo a comprar las cervezas, que no bajaban por mi garganta. Menos mal me acerque a donde los Jeeperos a saludar y estos me brindaron una jarra de limonada endulzada con agua de panela que me supo a gloria. Allí, mientras Sergio terminaba de comer, nosotros arrancamos un poco adelante, pues sentíamos que él estaba reprimido por nuestro ritmo, que era bastante lento. Un par de kilómetros adelante, un hueco que se veía inocente nos tragó. El agua llego al retrovisor del carro y avanzar se hizo imposible. Entonces retrocedimos con fuerza. Yo que estaba sentado atrás, pude salir y buscar la eslinga dinámica. Que sin duda alguna, fue la herramienta más importante del paseo. Sergio aparecería en el horizonte detrás de los jeeperos que tomaron una ruta por la izquierda y pararon inmediatamente a ayudarnos. Con tan mala suerte que la Cherokee que nos iba a rescatar se enterró también. Ya tenía yo la eslinga a la mano asi que Sergio saco la Cherokee y luego dio la vuelta para sacarnos. Elegimos una mejor ruta y salimos de esa, pero cada vez se puso más complejo el camino. La ruta cada vez estaba más fea y el día comenzaba a terminarse.

 “Nuestros amigos Jeeperos almorzando en La Yopalosa”

Encontramos a varios amigos atascados y los recuperamos. A ratos liderábamos y a ratos seguíamos. Éramos uno de los grupos más agiles, pues solo éramos dos carros y la sincronización fue perfecta. Nosotros en el 40 probábamos suerte con una línea. Si esta funcionaba, Sergio nos seguía. Si no funcionaba, Sergio nos sacaba hacia atrás, y asi, sin mayor inconveniente, logramos conquistar la mayoría de la trocha, teniendo como resultado que el fj40 se nos enterró 3 veces y el serie 70 ninguna. El GPS nos indicaba la ruta parcialmente, lo que nos permitía saber que íbamos bien y que no nos estábamos acercando demasiado a los cuerpos de agua que nos rodeaban.

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“Llego la noche, visibilidad cero”

El cielo era una cosa que yo nunca había visto. Estrellas fugaces todo el tiempo y una inmensidad y color absolutamente impresionante. Toda esta belleza era complementada por una fila larguísima de luces adelante y atrás. Además de los 6 jeeperos, venían unos 10 cuatrimotos en una caravana muy ordenada. Nosotros continuaríamos y perderíamos el contacto con ellos. Y el 40 comenzaría a tener inconvenientes. Inicialmente no quería mantenerse prendido en mínima y más adelante, decidió dejar de funcionar. Teníamos un claro fallo eléctrico. Destapamos el distribuidor pero estaba seco, volvimos a sellar, impermeabilizamos cables y aun asi, no funcionaba el carro. Asi que decidimos engancharnos con una eslinga al serie 70. Ya solo faltaban 30 de los 160 kilómetros y queríamos llegar a dormir en un hotel. Sergio, como un “baquiano” escogía las mejores líneas y sus copilotos se bajaban y se metían en los charcos que se veían profundos, escogían la mejor ruta y el poderoso machito pasaba con el 40 de lastre. La carretera parecía infinita, yo estaba muy cansado ya y finalmente me pase al carro de Sergio, que era mucho más cómodo que la silla trasera de Fj40.

Por el camino, nos encontramos una burbuja que había fundido un rodamiento y a la que no podíamos auxiliar. Un grupo de 3 motos en la mitad de un enterradero, a los que les compartimos una de nuestras ultimas botellas de agua, un grupo de llaneros del club Villavo 4×4 que avanzaban a paso firme y a nadie más. Se suponía que un amigo nuestro estaba enterrado más adelante, pero finalmente no lo encontraríamos.

Seguiríamos avanzando, con el Fj40 colgado del machito. Sergio manejaba tenso y callado, buscando la mejor línea, pues sabíamos que si nos enterrábamos la íbamos a pasar mal. Con un carro muerto y el otro enterrado, no tendríamos opción de avanzar, tendríamos que recurrir al winche y seguramente pasaríamos la noche en la trocha. Con mucha pericia Sergio logro sortear la mayoría de obstáculos. Tal vez solo dos veces tuvimos que soltar el fj40 para que el machito saliera por su cuenta y luego lo recuperara. Ya cansados, habíamos decidido parar a las 2am a descansar. A estas alturas, ya el cansancio era más grande que la emoción y los últimos kilómetros se habían hecho eternos. El GPS marcaba una curva que parecía ser la última y una quebrada que nos ponía nerviosos, pues no queríamos caer en ella. Pasamos ambas y de pronto, en medio de la bruma y con una bajísima visibilidad, cortesía del barro esparcido contra el panorámico, vimos lo que parecía ser asfalto. Yo incluso pensaba que estaba comenzando a delirar. Asfalto nuevo, limpiecito, perfecto. La moral volvió a subir. Coronamos. Seguimos avanzando hacia el pueblo, que estaba a un par de kilómetros y nos encontramos a algunas personas caminando. Algunos miembros del club Villavo 4×4, habían dejado sus carros atrás y planeaban llegar caminando a descansar. No teníamos espacio para llevarlos, pero les brindamos un sixpack de jugos de caja, ya no teníamos mucho más para compartir.

 “Este fierro salvaría el dia al ser capaz de halarnos por mas de 30km”

Llegaríamos al pueblo y encontraríamos que todas las habitaciones de los hoteles habían sido reservadas, pero estaban vacías. Habíamos llegado entre los primeros a La Primavera, Vichada. Aun asi, no había lugar en donde alojarnos. Cuando nos disponíamos a tender las hamacas en el parqueadero de un hotel, pasó una Hilux y paro a saludar. Ellos ya iban de salida hacia el siguiente tramo. Amablemente, nos dijeron de qué hotel acababan de salir y allá fuimos a instalarnos. Era feo, pero era un hotel, con camas y duchas. Nos supo a gloria.

“Asi llegamos nosotros”

Nuestros compañeros, pasarían una dura noche en la trocha. La lluvia complicaría aun mas las condiciones y hasta después del medio día del siguiente día, no los veríamos. Algunos incluso llegarían a la noche. Nosotros aprovecharíamos el día para llevar el carro al electricista, quien sacaría mucho barro del alternador y el arranque del fj40. Dejaríamos la batería en carga lenta para que se recuperara pues la habíamos agotado y en horas de la tarde, ya con el carro lavado y listo para continuar, decidiríamos regresarnos, pues Roberto tenía un compromiso laboral que no podía ser aplazado. Y nos encontrábamos a muchos kilómetros de la civilización.

Con el carro ya perfectamente operativo y La Primavera llena de actitud 4×4, nos retiramos mientras nos iba bien. Nuestros amigos de Fierros 4×4 arrancarían hacia puerto Carreño, a donde llegaran sin contratiempos, mientras nosotros tomaríamos un “Yate” de regreso.

¿Un yate? Me pareció un poco opulento, pero cuando vi que el viaje costaba algo asi como 90.000 pesos, me pareció buena idea para volver a casa con algo de comodidad. También me pareció atípico, pues todo el mundo al parecer viajaba en lancha, pero finalmente me sentí cómodo con la idea de regresar en Yate.

Empacamos, tomamos un tuc tuc y llegamos al puerto, en donde nuestro “yate” nos esperaba. Si bien no era el yate que yo había pensado, resulto ser uno de los medios de transporte más veloces y eficientes en los que he montado. Dotado de dos motores de 200 caballos, la embarcación también conocida como “voladora” me dejó impresionado con la velocidad a la que viajaba sobre el agua. Fuimos hasta otro pequeño muelle a hacer cambio de embarcación, para tanquear y al mejor estilo de Avianca, el viaje estaba sobrevendido. Maleidy, la lancha, tenía puestos para 20 pasajeros y 2 tripulantes, pero habían vendido 23 puestos. Asi que decidieron deshacerse del copiloto y empacar dos pasajeros en el baúl del barco. De ahí en adelante, un acelerón a fondo nos llevaría en algunas horas a Puerto Gaitán, en donde tomaría un bus hasta Bogotá y finalmente, mi padre me rescataría en el terminal de transportes. El fj40, sería embarcado en un ferri que tardaría varios días en llegar a la civilización por venir contra corriente y yo llegaría con una extraña especie de jetlag a Bogotá, que incluso hoy, una semana después de haber llegado, no se me ha pasado.

“Venta de pasajes para el Yate”

En conclusión, es un paseo increíble, a otro mundo. A un país muy distante de aquel en el que nosotros vivimos y a una realidad totalmente desconectada de la vida en la ciudad. No hay que reflexionar mucho sobre la vida en estos lugares para entender las problemáticas tan graves de nuestro país. Allá afuera, no existe el estado. No hay carreteras, hospitales ni autoridades. Es una inmensidad tan grande como abandonada, en donde el progreso llega y opera de formas muy distintas. En donde la desigualdad y las condiciones de vida muy precaria son la regla. Recordaba durante el paseo la frase de un profesor que decía “Colombia no es Bogotá y Bogotá no es el parque de la 93”. Colombia es todo eso tan enorme y abandonado que queda allá afuera, todo eso que ignoramos desde la soberbia de la ciudad. Casi podría sentarme a escribir un blog sobre las impresiones que esto me causo, pero lo resumiré diciendo que es un lugar tan diferente, que las ambulancias tienen winches. Y si las ambulancias tienen winche, las carreteras son como las de las fotos y los pueblos están a 200km de distancia, los enfermos no tienen chance, la vida tiene otro valor.

Sin duda alguna, el carro para este paseo es un Toyota. No necesariamente nuevo. Un serie 40, 70 u 80 es perfecto, pues son los carros preferidos por los locales. Los mecánicos los conocen al derecho y al revés, los repuestos están siempre disponibles. Y bueno, no hace falta hablar de lo sólidos y confiables que son.

LO BUENO

-El paseo es toda una experiencia, que cualquier aficionado al 4×4 debería vivir. Entre otras, porque la civilización cada día se acerca más a estos alejados pueblos y le gana espacio a esa barbarie que tanto nos fascina.

-La camaraderia de la hermandad de personas que hacen 4×4 es algo que hace que uno este dispuesto a ir al fin del mundo por que sabe que nadie lo dejara botado.

-El paisaje es algo que hay que ver.

LO MALO

-Hay muchas cosas malas y tristes del paseo, una de ellas es que es cuestión de un par de años para que el paseo ya no exista, pues ya habrá terraplén hasta Puerto Carreño y la aventura será reemplazada por el tedio de una pseudocarretera infinita.

-La pobreza de las comunidades.

-La disminucion de la fauna que se ve, cortesía del avance de la civilizacion sobre el llano.

-Hay quienes llaman al paseo, un Rally, que es una cosa muy distinta.

LO FEO

-El abandono del Estado a esta región es fatal.

-El estado de las vias que para nosotros resulta divertido, pero es un gran problema para los locales, quienes no pueden transitar o comerciar durante prolongados periodos del año.

Termino con un agradecimiento a mis amigos, a mis patrocinadores y a mi familia por esta gran experiencia, que sin duda repetiré tan pronto como sea posible.

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